viernes, 4 de abril de 2014

Llueve en Toronto, llueve en Tegucigalpa

“Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más”.
Ernesto Sabato


Era una tarde parecida a la de hoy, solamente que en aquellos entonces me encontraba en otras latitudes, mucho mas al sur de donde me encuentro ahora y con la temperatura un tanto mas elevada, sin embargo llovía al igual que en estos momentos.
Me recuerdo como si fuese ayer, sigue tan presente en la memoria aquel día gris y lluvioso en la casa de la Colonia Tiloarque, que de alguna u otra manera marcó la pauta en mi vida.
Es increíble como pasa el tiempo, muy a menudo cierro los ojos y vuelvo al pasado, solamente a darle un vistazo, porque he aprendido que no es muy bueno vivir en el mismo, al igual que no es del todo recomendable vivir enfocado en el futuro y que lo mejor es vivir el presente a tope, aunque nos resulte difícil.
Lo cierto es que llovía sobre Tegucigalpa, era un viernes lúgubre y la noche anterior la parranda se había extendido hasta muy entrada la madrugada. Llegando al extremo que no me acordaba como había regresado a casa.
A pesar de ello, me había levantado a las siete de la mañana, y la lluvia ya había empezado a caer, no tenía clases en la universidad, así que no había nada mejor que hacer que quedarse en la cama.
Es imposible olvidarme de aquella habitación que me perteneció por mas de seis años, el tiempo que permanecí en Tegucigalpa, tratando de culminar una carrera en la universidad, una carrera que como me ha pasado con muchas cosas en mi vida: terminé odiando, a tal extremo que tuve que dejar todo atrás, para encontrar en la facultad de periodismo un respiro transitorio.
Desafortunadamente, el respiro duró menos de un semestre y un mundo artificial que había creado a bases de mentiras se vino al suelo.
Tuve que dejar la casa de Tiloarque y aquella habitación donde aprendí tantas cosas de la vida, a pesar de ser una orbita convexa y un universo cerrado, entre aquellas cuatro paredes podía ser yo mismo y me acompañaba a la perfección con mi silencio, mis lecturas de madrugada y mi música.
Llovía mucho sobre Tegucigalpa y aquello era motivo de miedo y de muchas preocupaciones, la frágil infraestructura de la capital severamente golpeada por el Huracán Mitch varios años atrás, se ve amenazada por cualquier chubasco.
Por suerte, la lluvia mermó rápidamente, dejando después de su paso una leve llovizna y un cielo encapotado.
Me quedé buena parte de la mañana tirado en la cama, con los ojos abiertos y pensando que haría con mi vida. La frustración era una constante en mi existencia, sin embargo trataba de hacerme el de la vista gorda y seguía asistiendo a clases para no defraudar a mi familia, los cuales habían apostado todas sus fichas a mi favor, con la plena seguridad que me esperaba un brillante futuro en el mundo de los negocios internacionales; desconociendo que en un arranque de desesperación me había cambiado a la carrera de periodismo.
Las tripas empezaron a crujir, me levanté de la cama con la intención de encontrar algún rastro de comida en la cocina.
Me preparé unas tostadas de pan con jalea y un café bien cargado, esperando que me trajera de vuelta al mundo de los mortales.
Me senté en el sofá de la sala, encendí la tele, justo aparecía el noticiero del medio día, en el cual los titulares dejaban entrever que mas noticias negativas a noticias positivas estarían presentes en la media hora que duraba el noticiero.
Lo único bueno de aquello era la guapa presentadora que distanciaba autoritariamente de su compañero. El cual era una disparatada caricatura mal dibujada. A parte tenia una voz chillona que era capaz de terminar de desarticular mi sistema nervioso, el cual, por cierto ya andaba algo machacado.
 Comí las tostadas de pan, simplemente para engañar un poco a mi estómago, en mi boca todavía estaba presente el sabor a cerveza de la noche anterior, que tal y como siempre solía suceder, se había extendido hasta olvidar la noción del tiempo.
Eran otros tiempos en Tegucigalpa, aunque el riesgo de que algo pasase solía estar latente, nada que ver con la realidad de ahora.
El jueves, era el día mas esperado de la semana, aproximadamente a las seis de la tarde empezaba la operación de andar de bar en bar, caminando por los bulevares o descubriendo nuevos “refugios” como solíamos llamarle a los bares o cantinas, habitualmente nos seducían aquellos que tenían las cervezas mas baratas del mercado.
Éramos una pandilla de mas o menos cinco, todos estudiantes universitarios, aunque muy a menudo terminaban uniéndose a nuestro grupo otras personas, pero los que generalmente quedamos hasta el final éramos cinco, casi siempre discutiendo de política, de música, de futbol o sobre algún libro.
Nos emborrachábamos a placer, deambulábamos por las calles vacías y soñábamos
con viajar, con conocer otras culturas y vivir una vida llena de emociones.
El café me lo fui tomando a sorbos muy pausados, incluso tuve que calentar el mismo en el microondas, mientras regresaba a mi habitación a buscar en los bolsillos de mi pantalón algún indicio de tabaco, por suerte encontré dos cigarrillos arrugados y mi encendedor.
Salí al patio delantero de la casa a fumar, a pesar de la liviana llovizna, que al fin y al cabo terminaba mojando.
Me quedé parado viendo a través de las rejas del portón de metal de la casa.
La visión era la de siempre: la de uno de los tantos cerros que rodean la ciudad y que han sido poblados, desafiando las normas urbanísticas y donde la miseria es el pan de cada día.
Entonces, me sentí tan culpable, por estar al otro lado de la realidad y viviendo, si se puede decir una vida cómoda y con un millón de oportunidades delante de mis narices, mientras otros, como los moradores de aquellas míseras viviendas, se tenían que rifar día a día el pellejo con tal de llevarse un bocado a sus bocas. Permanecí buen rato, inmóvil, mirando aquellos vecindarios marginales que respiran y laten de una manera desesperada, sin importarme que la llovizna me estaba empapando.
Fue en aquel momento cuando tomé la decisión de dejar muchas cosas atrás y empezar de nuevo, sin saber que la vida misma me tenía arreglada una caja de sorpresas.
Todos los pronósticos estaban en mi contra, creo que ni mi madre, mi eterna cómplice, se atrevía a apostar a mi favor. Las esperanzas se habían derrumbado y estuve tan perdido por mucho tiempo, andando y andando sin llegar a ningún sitio y perdido en pensamientos que iban y venían, como un reloj de péndulo.
Afortunadamente, esos tiempos han quedado atrás. Ahora miro el pasado de vez en cuando, como queriendo tener presente de donde vengo y todo lo que he ido sorteando.
Sigue lloviendo en Toronto, la casa es muy silenciosa y se esta muy bien con el calor de la chimenea.
Esta mañana he salido a correr con una llovizna muy parecida a la llovizna que caía en Tegucigalpa, en aquel día en que me decidí en darle la vuelta a tantas páginas de mi vida, para ir cerrando varios capítulos sueltos que no terminaban de trenzarse.
La nieve del invierno poco a poco se ha ido disipando y solo espero que esta lluvia de una tierna primavera, traiga un par de respuestas a algunas de mis encrucijadas.
Me he parado en la entrada de mi casa, la visión que tengo enfrente no es precisamente aquella visión del cerro poblado por humildes viviendas, es otra visión, totalmente distinta y quizás tan inconsecuente, tampoco estoy fumando; he dejado el tabaco mucho tiempo atrás, cosa que me place, lo que si estoy sosteniendo es una tasa de café, mientras le doy una tregua al teclado de mi computadora, el cual esta esperándome para ponerle el punto final a este relato.
Cierro mis ojos y cambio por completo el panorama en mi mente, trayendo el recuerdo de tantas cosas del pasado. Después de un rato abro mis ojos y doy gracias por estar vivo y esperando que el futuro traiga consigo, lo que tenga que traer.

Toronto, 4 de abril, 2014



  

lunes, 10 de marzo de 2014

Un autorretrato en invierno

A todas esas almas solitarias, que de alguna u otra manera se han ajado en un destierro olvidado.

 
Se acercó a la ventana y corroboró lo que presentía, nevaba intensamente en la ciudad y no parecía que pararía.
Desde que años atrás se había deslizado en el hielo accidentalmente y fracturado su tobillo, no había vuelto a ser el mismo de antes, sumado a la perpetua lesión en su espalda, las actividades físicas que siempre le habían gustado practicar y que iban desde extensas caminatas por las calles de la ciudad hasta los paseos en bicicleta, eran asuntos del pasado.

Nada que ver con la persona de ahora, con el ermitaño que trataba de evitar el contacto con los amigos con los que antes compartía, cuando no estaba en el trabajo y los cuales le ayudaban a sobre llevar la soledad que desde siempre le había pertenecido.

En el verano que se había marchado sin decir adiós, apenas salió a la calle, echándole la culpa al calor extremo y a sus dolencias, en el fondo sabía que no era ni lo uno ni lo otro, se trataba de otro elemento que lo mantenía desconectado del mundo exterior.
Sin darse cuenta el otoño arribó y se sintió tan culpable por no haber vivido el verano como se debe vivir: con intensidad y con ilusiones frescas.
Ahora la realidad que tenia de frente a sus narices era otra, era una realidad llamada invierno.

Eran las once de la noche y no parecía que existía indicio que revelará que pararía de nevar.
El apartamento era cómodo, suficiente para él, no necesitaba de tanto espacio, con una habitación le bastaba, al igual que una pequeña cocina.
La pensión que recibía por la lesión que le había imposibilitado seguir trabajando le bastaba para subsistir, para pagar la renta del apartamento y para comprar sus alimentos, aunque a menudo tenia que recurrir al banco de comida para compensar lo que no podía comprar.

A cambio de la pensión tuvo que sacrificar su espalda, la cual, principalmente en los días de invierno le molestaba de sobre manera con punzantes dolores.
Esa es la herencia que le dejó el trabajo en una fábrica de muebles por veinticinco años, hasta que un día su espalda crujió y no pudo más.
Se acostumbró al dolor con una asombrosa naturalidad, habiéndose hartado de visitar especialistas y de hacer terapias para reducir sus dolencias, que al final nunca funcionaron.

Sin embargo, los dolores que no le dejaban en paz eran los recuerdos y tantas cosas que había dejado sin resolver, desde que había salido de su pequeña aldea en El Salvador, muchos años atrás huyendo de una cruenta guerra civil que nunca entendió.

Desde aquel entonces nunca regresó al país que lo vio nacer, sin saberlo, perdió el contacto con su familia, con sus amigos y se metió en el mundo del trabajo, comprometido al máximo con lograr el sueño canadiense y ser “alguien en la vida”. Así tuviese que sacrificar todo, incluyendo una vida pasada, lo cierto es que no estaba dispuesto con regresar la mirada atrás. Cosa que logró hacer por buen tiempo, hasta que los últimos años arribaron vaciladores y se puso a sopesar la balanza, obteniendo un saldo de soledad en su contra.

Se decidió por vivir enclaustrado en el pequeño apartamento, era mejor así, no se sentía capaz de hablar con alguien y sus salidas eran toda una aventura y las cuales se limitaban al supermercado, al banco de comida y a la biblioteca, todo en el mismo radio, a escasa distancia de su apartamento.
Se preparó un café para exorcizar sus emociones y regresó a la ventana, donde tenía una mesita con una planta que se había resistido a pasar a mejor vida, a pesar del descuido de su dueño y la cual era la única compañía viviente que tenía.

Recordó su primer encuentro con la nieve y la emoción que le causó la primera nevada ¡como ha pasado el tiempo!
Como olvidar la primera vez que pisó suelo canadiense, como olvidar aquel choque cultural que experimentó y aquel inmisericorde miedo de no saber en qué se había metido al venir a este país. Si, él que había nacido en una pequeña aldea donde no circulaban coches, donde el machete era el mejor amigo que se podía tener, al igual que la azada para labrar la tierra, hasta que la guerra civil tiñó todo de sangre y tuvo que dejar el pequeño pueblo para trasladarse a San Salvador, una ciudad vapuleada por la miseria y por la marcada diferencia de clases.

Allí hizo de todo para ganarse la vida; trabajó vendiendo refrescos en la calle y frutas en los mercados capitalinos y cobrando los pasajes en autobuses urbanos. Llevando a cabo este último trabajo fue cuando se enfrentó a la muerte, cuando se vio en medio de un tiroteo entre el ejercito y un comando de guerrilleros en pleno mercado central de la ciudad de San Salvador, el autobús con setenta pasajeros abordo simplemente circulaba a la hora incorrecta y en el lugar equivocado, viéndose bañado por un intercambio de disparos entre ambas fuerzas.

Recibió el impacto de siete tiros que lo llevaron a caminar por los umbrales de la muerte y después de tres meses en coma, un día cualquiera simplemente abrió los ojos y volvió a renacer.
En aquellos entonces Canadá abrió sus puertas a miles de personas que sufrieron el horror de la sangrienta guerra civil y su caso fue mas que evidente y sin esperarlo, y gracias a la ayuda de una organización humanitaria internacional, pudo dejar El Salvador para lanzarse en la aventura de su vida.

Así fue como su existencia dio un giro espectacular y sin nunca haberlo imaginado terminó viviendo en una de las ciudades más diversas del mundo ¿Quién lo diría? De la pequeña aldea en El Salvador a Toronto.
Aquella fría noche de invierno, estaba dispuesto a dar todo lo que poseía en la vida, aunque todo componía un reducido grupo de elementos físicos, no así las experiencias que había acumulado en su paso por este mundo, si las cuales se pudieran cuantificar, serian infinitas y no tendrían precio. 

La verdad es que estaba dispuesto a entregar todo por regresar a la pequeña aldea que había dejado, convencido de que nunca regresaría, daría todo por caminar por las calles de tierra, por limpiar su milpa y por jugar un partido de fútbol con sus amigos en el campo sin grama del pueblo, pero, sobre todas las cosas, daría todo por volver al lado de su madre,  por ver a sus hermanos y por decir “lo siento” por haber desaparecido de sus vidas.
No obstante, era muy tarde, no era capaz de abordar el primer avión y emprender el regreso ¿Qué diría su madre? ¿Su familia? Aunque dudaba que su madre viviera y era muy posible que de la pequeña aldea no quedara rastro alguno.

No, simplemente no podía regresar a El Salvador, no tenía el valor moral para encontrarse con su pasado. Era mejor dejar todo como estaba, era mejor seguir viviendo en la misma soledad.
La cafeína ya no le causaba ningún efecto, terminó su café y se fue a la cama.
En los últimos años había descubierto un mundo distinto en los libros que prestaba en la biblioteca.
Nunca fue un fanático de la literatura, en El Salvador  solamente pudo llegar hasta el cuarto grado de primaria y luego tuvo que dedicarse en cuerpo y alma a trabajar en el campo, dejando los estudios atrás, a duras penas aprendió a leer y a escribir.

Después que sufrió su lesión en la espalda, se había refugiado en la biblioteca local habiendo encontrado en la sección de libros en español el perfecto escape que tanto estaba buscando.
Al principio le costó mucho seguir el hilo de las historias que leía, le costó  entender las palabras, pero a medida que fue leyendo, su entendimiento se fue liberando y su mente se abrió por completo a un mundo fantástico.
Estaba leyendo una recopilación de cuentos de Mario Benedetti, vivía  cada línea que sus pupilas archivaban y cada cuento que terminaba lo dejaba con un exquisito sabor de boca.

Sus ojos querían cerrarse, las agujas del reloj anunciaban que otro día se había esfumado y que el calendario seguía avanzando desdeñado.
Luchó contra el sueño, porque sabia que al momento de caer en el mismo, las típicas pesadillas que le traían a su cama todos los fantasmas de sus vidas pasadas aparecerían. Estaba a salvo con sus libros, se sentía seguro y resguardado, no había porque temer, nada malo podía pasar teniendo a su lado las historias que leía.
Se aferró a los cuentos de Benedetti, como un náufrago se aferra a su balsa en medio del océano.
No pudo mas, era la hora de dormir, se levantó una vez mas, se dirigió hasta la ventana, la nieve seguía cayendo, se sintió tan solo y regresó a la cama, cerró sus ojos y todo se acabó. 

Toronto, 3 de febrero, 2014



viernes, 10 de enero de 2014

Los que estamos fuera de Honduras no podemos opinar


“La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.”
George Orwell.


Voy a darme el lujo de llamarme ‘exiliado,’ porque creo que todos los que dejamos el país donde hemos nacido, de una manera u otra somos exiliados y tenemos esa manía de añorar las memorias del pasado, quizás mas de lo habitual, muchas veces de una forma desesperada y brutal.
Cuando llegó el momento de salir de Honduras, cinco años atrás creí que por fin el mundo se me abría de par en par y que el momento de vivir el sueño de viajar, de conocer otras culturas y de aprender nuevos idiomas había llegado.

Sin embargo, he tenido que salir de Honduras para conectarme con mi identidad y con la realidad de mi pueblo, quizás mas que muchos de mis compatriotas que viven en el país y que se autodefinen como catrachos de cepa.
Los que me conocen saben muy bien que paso de los nacionalismos extremos, que creo que son perjudiciales y que nos apartan de la objetividad, pero, defiendo el derecho incólume de tener una identidad 
(o varias) que nos definan de donde venimos y el derecho de opinar.

Resulta que con los recientes comicios electorales que se llevaron a cabo en el mes de noviembre, que dio como ganador al candidato del partido Nacional Juan Orlando Hernández, los cuales estuvieron marcados por varias anomalías, por mencionar algunas: mi abuela que partió del mundo de los mortales varios años atrás figuraba en la lista de votantes o como varios miembros del partido del candidato ganador se  apostaron en cientos de los centros de votación a lo largo y ancho del país ofreciendo dinero en efectivo a los votantes para votar por su candidato, valiéndose de la necesidad, del hambre y de la miseria de los millones de hondureños que cada noche se van a la cama sin ninguna bocado de comida y que se levantan cada mañana sin ninguna esperanza.

El hecho es que el candidato del partido oficialista nacional salió electo como el nuevo presidente de los hondureños, en un proceso electoral tan dudoso que todavía no me explico como la comunidad internacional o los visores que llegaron al país dejaron pasar por alto todas las anomalías que sucedieron.
Nunca he tenido simpatía por ninguno de los dos partidos tradicionales (Liberal y Nacional) al igual que por los partidos “chicos” que al final se han terminado vendiendo a los intereses de los grandes. Eso no significa que la política no me interesa, todo lo contrario, creo que es vital que los seres humanos tengamos partida en la misma, eso si, alejados de los tradicionalismos y buscando el bienestar común, que a lo largo es lo que importa.

Tenía tanta expectativas en las pasadas elecciones, conservando la esperanza de que el tradicionalismo político cayera de una vez por todas, todo esto ante el surgimiento de dos fuerzas alternativas: el Partido Libre y el PAC, que en tiempo record llegaron a tener mayor popularidad que los partidos tradicionales, lo cual representó una amenaza a los mismos, que desde siempre han regido los destinos de la nación a su antojo.
Terminé inclinándome por el partido Libre, por varias razones, siendo la primera el hecho de que la candidata a la presidencia era una mujer, aunque varios afirman que Manuel Zelaya, el presidente derrocado en un golpe de estado que varios negaron, sería el que gobernaría.

Sin embargo, en Honduras todavía vivimos en una cultura machista y a muchos el hecho de ver a una mujer gobernando los destinos de un país les causa un profundo dolor de estómago, la idea de ver a una mujer empoderarse les causa nauseas y calambres en el ego.
¿Será porque las mujeres son mas difíciles de sobornar? O ¿Que son mas eficientes, mas organizadas que los hombres? O por el simple hecho de que la mentalidad de las cavernas sigue reinando en nuestra sociedad, regida en su mayoría por hombres y donde las mujeres sufren acosos sexuales en sus empleos, sin que nadie diga nada o donde las mujeres a pesar de tener las mismas condiciones educativas, simplemente no pueden competir con los hombres, solamente por ser mujer.

 Pero, vamos al motivo del por que estoy escribiendo esta columna;
Después de las anómalas elecciones publiqué un comentario en mi página de Facebook, mencionando ‘que una nueva dictadura acababa de empezar en Honduras’. Como suele suceder, varios comentarios empezaron a aparecer, unos diciendo que ‘preferían una dictadura a un comunista en el poder’ y otros acertando con mi pensamiento.
He aprendido a respetar las diferentes opiniones, aunque, tengo que reconocer que todavía me cuesta masticar aquellos que comentan sin fundamentos, ni causas, no quiero decir que tengo la razón absoluta, no, no es esa mi intención, pero, me gustan que los comentarios se hagan basados en argumentos.

El comentario que mas me llamó la atención fue uno que decía ‘que yo no tenia el derecho de opinar porque no me encontraba en el país’. Como si vivir fuera de Honduras me hiciera no tener el derecho de opinar sobre lo que pasa en el país, como que el hecho de encontrarme en otro territorio me hace menos hondureño.
 Varios paisanos creen que los que vivimos en países desarrollados vivimos como reyes, que manejamos carros lujosos y que tiramos dinero a la calle, pues no es así, cada día tenemos que enfrentarnos a tantas pruebas, entre ellas están: un nuevo idioma, que no es el materno, diferentes mentalidades, formas de trabajar, condiciones climáticas, el estar lejos de los amigos y la familia, la competencia y el esmero por demostrar que merecemos estar donde estamos.
Tenemos que empezar desde abajo, aguantar muchas situaciones y pagar el mal llamado derecho de piso, ya que todos los seres humanos tendríamos que estar en condiciones iguales en esta aldea global que habitamos.

No es nada fácil, es una lucha constante, que cansa tanto física como mentalmente. Ojo, no estoy desmeritando el esfuerzo que se tiene que hacer para vivir en Honduras o el estrés que representa vivir en un ambiente de inseguridad, donde se puede perder la vida en cualquier segundo o donde lastimosamente se tiene que conformar con lo que se tiene, que en muchos casos es nada.
Es mas todos mis compatriotas tienen mi admiración por sobrevivir en una sociedad que ha sido mancillada, llegando a tal extremo donde la vida no vale ni un pepino.

Me molesta cuando alguien intenta coartar la libre expresión, acusar de que no se puede opinar sobre un tema tan toral como es la situación política del país y toda la corrupción que desfila descaradamente ante los ojos, no solamente de los hondureños, sino que ante los ojos del mundo entero.
Pero, me molesta mas el hecho de que se diga que no puedo opinar porque no estoy en Honduras, que soy un privilegiado porque no vivo en el país donde he nacido y porque vivo en el primer mundo, ese primer mundo que es tan perfecto, porque así es, esa es la historia que nos han vendido.

Siempre que escribo trato de basarme en argumentos, ver los diferentes ángulos de las historias, indagar y luego me cuesta tanto expresar lo que pienso, todo en aras de ser lo mas objetivo que se pueda, aunque repito, que esto no significa que tenga la razón absoluta, es mas, mi intención no es tener la razón, es simplemente contar lo que pasa y lo que pasa en Honduras lo puede ver hasta un ciego, no se necesitan de analistas políticos o de sociólogos para saber que estamos viviendo en un régimen de facto, donde las normas jurídicas salen sobrando y donde la miseria esta presente en cada esquina.


Piura, Perú, 10 de enero 2014