Hace ya más de un mes que ha pasado el día de la madre, al igual que otros tantos días designados por valla a saber quien como días especiales.
Recuerdo que desde que estaba pequeño, ningún día me puso con los nervios a flor de piel; es más, nunca me gusto la navidad y recuerdo muy bien cuando en mi décimo cumpleaños mi hermana mayor me organizó una fiesta, y resulta que el agasajado o sea el que escribe estas lineas, terminó encerrado en su cuarto rehusándose a salir a ser parte de su propia fiesta de cumpleaños.
Cuando la presión que luego se convirtió en una perenne amenaza por parte de mi hermana, no me quedó más remedio que salir a la fiesta, con una cara como que estaba asistiendo a mi propio entierro.
Así que desde aquel pequeño incidente no me volvieron a organizar alguna fiesta de cumpleaños, lo cual me resulto maravilloso.
Se preguntaran ¿Qué hacia adonde me dirijo? contando tales memorias. La verdad es que pienso que no es necesario que exista una determinada fecha o mejor dicho, un día alusivo para que el consumismo aparezca de forma desmedida para llevarse todo lo que encuentre por delante.
Hoy me decidí por escribir pensando en mi madre ( sin ser el día de las madres, valga la acotación).
Con mi madre en teoría nos separan más de treinta años, pero como me fascina tanto derribar teorías, puedo decir que esa diferencia de edad es solamente otra barrera de tiempo que ha caído.
Sí, a la pobre de mi madre no le ha quedado más remedio que hacerse mi cómplice y aunque todavía le cuesta digerir algunas diferencias que existen entre nosotros, se esfuerza al máximo para que las banderas ideológicas dejen de existir.
Por fin y después de tantas luchas centenarias, conseguimos escucharnos y entender que en la diferencia esta el sazón que le da sabor a la vida.
Mi madre, que ha aguantado el estrago de los sinsabores y que ha vencido por su propia cuenta a la maldita ignorancia; armada de fuerza de voluntad y el rugible deseo de luchar para sobrevivir en este caótico mundo, al cual me enseño a amar sin importar de que se este cayendo a pedazos.
Ahora que estoy escribiendo, con la primavera de testigo y una humeante tasa de café, vienen a mi mente tantos recuerdos vieja; viene a mi mente tu letra ornamentada, tus lecturas pausadas y tu maravilloso habito de levantar la vista cuando estas leyendo al mismo tiempo que te subes la montura de tus gafas, con una hermosa delicadeza.
También arriban a mi mente como desbocadas manadas de caballos salvajes, nuestras platicas que duraban lo que duran los sueños en convertirse en realidad.
Me acuerdo cuando te leía mis poemas o los principios de todas mis frustradas novelas. Aunque la mayoría de veces te perdías en los anagramas que este loco escribe, siempre me dabas una sonrisa y me decías que era grande, también recuerdo cuando te levantabas en la madrugada y me mirabas con dificultad y me decías que me fuera a la cama, que apagara la computadora y que no eran horas de estar escribiendo.
Te hacía caso a medias, apagaba la computadora y salía a fumarme un cigarrillo, pensando en todo lo que había escrito.
Compartimos tantos sueños juntos, tantas noches, un millón de charlas y alguno que otro silencio.
Me enseñaste el valor de escribir con pasión y respetando a nuestro sagrado idioma Castellano, de la cual eres una gran conocedora sin haber pasado por alguna aula universitaria.
Siempre estas inventándote, aprendiendo y soñando despierta. Tu tenacidad no descansa y sigues adquiriendo conocimientos, derribando barreras y sorteando obstáculos.
Me enseñaste a vivir vieja, a mirar más allá de la nariz y a luchar por lo que me gusta.
Me enseñaste a ser solidario y a amar con fidelidad desde el principio hasta final.
Cuando los sueños tardan en llegar, me voy corriendo por alguna calle de la ciudad, recordado tus palabras y esa última mirada que nos dimos hace casi tres años en un cálido aeropuerto antes de que las lágrimas aparecieran, en el preciso instante en que vi tu mano diciendo adiós, antes de abordar el avión que me llevaría a vivir una exquisita aventura.
Una lágrima hace el intento de aparecer y no la reprimo. Siempre cuando escribo siento tantas emociones, pero lo que estoy sintiendo ahora es un sentimiento completamente diferente, algo nuevo y sereno.
Te amo madre y no tiene que ser el día de las madres, para darte gracias por todo lo que has hecho por mí.
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