jueves, 15 de marzo de 2012

Pequeño Cuento de Invierno

Al fin pudo escapar de su oficina. Pasaban de las ocho de la noche y no era posible que siguiera encerrada en el diminuto cubículo que le había sido asignado tres años atrás; cuando había llegado a la revista con la cabeza llena de ideas frescas y la convicción a flor de piel de ser una gran escritora.
Salió del edificio de ladrillo y fue recibida por menos quince grados centígrados y el rocío de una liviana nevada que empezaba a surcar los vientos de Toronto. Las calles estaban desiertas y por las alcantarillas salia un denso vapor.

Cruzó Kensington Market y no quedaba rastro alguno de lo que aquel lugar era en el verano; un paraíso terrenal, engalanado por los colores de la multiculturalidad y con los óleos de la diversidad. 
En las tardes de verano, la música sonaba en cada esquina, los olores a comida de todos los confines del mundo se dejaban sentir, invitando al paladar a soñar. Por las calles solamente circulaban bicicletas y parecía no existir la presión por llegar a cualquier lugar.
A parte, los patios de los bares, eran bibliotecas urbanas, donde no quedaba más remedio que leer un buen libro acompañado de una refrescante cerveza.

Estar en aquel sitio, era como estar en otro planeta; donde no existe un solo idioma, sino, que mil y donde no hay características propias, donde todo es posible y donde cada quien vive a su manera.
Pero, todo diferenciaba dramáticamente en el invierno, las aceras están cubiertas de nieve, los cafés no laten de tal manera que los sentidos puedan percibir las verdaderas sustancias. En definitiva, es otro mundo, un mundo que inclusive llega a dar miedo, por ser tan sombrío y tan corto.

Alguno que otro café estaba todavía abierto, quiso detenerse para tomar algo caliente y leer su libro de turno; una crónica de un aventurero que había llegado a la India, escapando de ciertas vicisitudes y de un pasado en Australia. Pero, prefirió seguir caminando, quería llegar a casa lo más pronto posible.

Casi se encontraba en College Street cuando el street car pasó, dejando sobre los rieles por los cuales se deslizaba una leve sensación de calor.
"Mierda". Exclamó, mientras cruzaba la calle, aprovechando que la luz del semáforo había cambiado. 
Sabia muy bien que el próximo street car, tardaría en llegar y no le hacía mucha gracias esperar, no con los menos quince grados centígrados que se convertían en menos veintitrés cuando soplaba el viento.

College street era una completa desolación. Tenía que serlo, era un Lunes de febrero y ya daban más de la nueve de la noche y si a eso se le suma la baja temperatura...
Por suerte no vivía tan lejos, quizás tendría que caminar algunos veinte minutos y así lo hizo.
Apenas hubo empezado a caminar y vio pasar como una ráfaga de metal el street car, sonando su campana para romper la monotonía que reinaba en aquella noche de invierno.
Era mejor reír a llorar, de todos modos no estaba tan lejos de casa y el abrigo de lana, así como el gorro, la bufanda, los guantes, el suéter que estaba debajo del abrigo, las medias y las botas, ayudaban para reducir el impacto del frío.

Se quitó el guante de la mano derecha para tener más libertad y una mejor movilidad, metió su mano en su bolso y encontró su Ipod. Tenía que hacer de su andar algo ameno y que mejor que algo de música para hacerse acompañar. Sin muchos análisis de por medio, lo primero que llegó a sus oídos fue la voz de Beth Gibbon y las armonías eclécticas de Portishead " nada mejor que Portishead para caminar en este frío de mierda". Pensó, justo cuando al fin se dignaba en sonreír.
Volvió a colocar el guante en su mano desnuda antes de que las vertebras se empezarán a congelar y siguió andando.

Llegó a casa y la recibió una absoluta oscuridad. Se quitó toda la indumentaria que llevaba encima para protegerse del frío, encendió las luces y aumentó la temperatura de la calefacción. 
Buscó en el frigorífico las sobras de una lasaña con champiñones y espinacas que había cocinado el fin de semana y la recalentó en el microondas,  mientras esperaba que la comida se calentará se sirvió una copa de vino tinto.
Se fue a la sala, con la comida ya caliente y la copa de vino, con la esperanza de encontrar algo en la tele, aunque en el fondo sabía que era misión imposible.
Repasó los ciento y pico de canales y nada, no encontró absolutamente nada. Apagó el aparato y todo fue silencio.

Fue mejor disfrutar de una segunda copa de vino, sentada en la mesita enfrente de la ventana. La nieve caía deliberadamente sobre Toronto, cubriendo todo de blanco y haciendo de la ciudad una foto irreal.
Quiso leer, pero no valía la pena perder aquel espectáculo,  se quedaría al pie de la ventana, viendo la nieve caer, alejada al pensamiento que la mañana siguiente tendría que ir a la revista, al pequeño cubículo, no sin antes haber pasado por el café italiano que tanto le gustaba por su espresso y esperar a que el street car pasara. Luego, seria esa lucha constante por encontrar el articulo perfecto, que pasará la maldita prueba de la edición...































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