“Anoche cerraste la puerta de la habitación para
dejarme afuera y para aislar los conjuros agrestes que siempre ejerzo, buscando
ganar almas carentes de amor.
Anoche preferiste dormir sola y sin ropa alguna;
entregada al calor del verano y a un cielo estrellado, tal y como te gusta.
Dormiste desparramada y conferida a soñar con
personas extrañas, que quizás solamente te has cruzado en una ocasión en toda tú
vida y alucinaste que otras manos acariciaban tú cuerpo, mientras otras bocas
te plagaban de besos.
Por mi parte, me quedé intentando escribir, fumando
el humo inexistente de esos fantasmas que rondan en este estudio tan vacío.
Noté la hora y comprobé que ya era tarde y mis líneas
no estaban llegando a ninguna parte, me levanté del escritorio con la firme
intención de estirar mis piernas y de darle una tregua al teclado incipiente de
mi computadora.
Por un puro impulso racional me encaminé hacia la habitación
y miré que la puerta estaba cerrada. No quise abrir la misma y violar la decisión
suprema que habías tomado.
Regresé al escritorio, la pantalla de la computadora
estaba en blanco, moví el ratón y al unísono un infinito rompecabezas de
palabras apareció.
Intenté colocar las piezas en un orden convexo,
resultando imposible abrir una brecha diáfana que condujera mis ideas al sitio
que fuese.
Froté mis ojos cansados y luego supe que sería
imposible escribir. ''Otro bloqueo de los muchos que estoy teniendo últimamente''.
Pensé.
Abrí la puerta del estudio y salí al patio. Había
llovido toda la tarde y buena parte de la noche, el torrencial aguacero había
dejado una insipiente humedad.
Caminé descalzo, deslizándome sigilosamente como un
gato en busca de una aventura nueva y sintiendo esa maravillosa sensación de
pisar sin zapatos la grama fresca.
El cielo estaba tan estrellado, me detuve por un
instante, esperando que quizás a lo mejor un resplandor divino apareciese
trayendo claridad, pero nada pasó. Lo mejor que pude hacer fue regresar al
estudio y dejar las ilusiones para los soñadores.
Volví a mover el ratón y otra vez la aspereza de
tantas palabras casi mudas aparecieron delante de mis ojos cansados, ansiosas
por convertirse en historias.
En eso, se me vino un enorme antojo a café, desistí
de prepararme uno y me fui a la cocina a buscar un vaso con agua.
El reloj de la estufa marcaba que eran las dos de la
mañana. De antemano supe lo que ya sabía: no escribiría absolutamente nada, pasaría
la madrugada en vela sentado enfrente de la pantalla, mirando a través de la
ventana, con la esperanza de capturar con mis ojos perezosos, alguna estrella
fugaz pasando a una velocidad descomunal por este cielo tan terrenal.
Toronto, 12 de julio, 2013
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