viernes, 12 de julio de 2013

Cielo Terrenal


“Anoche cerraste la puerta de la habitación para dejarme afuera y para aislar los conjuros agrestes que siempre ejerzo, buscando ganar almas carentes de amor.
Anoche preferiste dormir sola y sin ropa alguna; entregada al calor del verano y a un cielo estrellado, tal y como te gusta.

Dormiste desparramada y conferida a soñar con personas extrañas, que quizás solamente te has cruzado en una ocasión en toda tú vida y alucinaste que otras manos acariciaban tú cuerpo, mientras otras bocas te plagaban de besos.
Por mi parte, me quedé intentando escribir, fumando el humo inexistente de esos fantasmas que rondan en este estudio tan vacío.

Noté la hora y comprobé que ya era tarde y mis líneas no estaban llegando a ninguna parte, me levanté del escritorio con la firme intención de estirar mis piernas y de darle una tregua al teclado incipiente de mi computadora.
Por un puro impulso racional me encaminé hacia la habitación y miré que la puerta estaba cerrada. No quise abrir la misma y violar la decisión suprema que habías tomado.
Regresé al escritorio, la pantalla de la computadora estaba en blanco, moví el ratón y al unísono un infinito rompecabezas de palabras apareció.

Intenté colocar las piezas en un orden convexo, resultando imposible abrir una brecha diáfana que condujera mis ideas al sitio que fuese.
Froté mis ojos cansados y luego supe que sería imposible escribir. ''Otro bloqueo de los muchos que estoy teniendo últimamente''. Pensé.
Abrí la puerta del estudio y salí al patio. Había llovido toda la tarde y buena parte de la noche, el torrencial aguacero había dejado una insipiente humedad.

Caminé descalzo, deslizándome sigilosamente como un gato en busca de una aventura nueva y sintiendo esa maravillosa sensación de pisar sin zapatos la grama fresca.
El cielo estaba tan estrellado, me detuve por un instante, esperando que quizás a lo mejor un resplandor divino apareciese trayendo claridad, pero nada pasó. Lo mejor que pude hacer fue regresar al estudio y dejar las ilusiones para los soñadores.

Volví a mover el ratón y otra vez la aspereza de tantas palabras casi mudas aparecieron delante de mis ojos cansados, ansiosas por convertirse en historias.
En eso, se me vino un enorme antojo a café, desistí de prepararme uno y me fui a la cocina a buscar un vaso con agua.
El reloj de la estufa marcaba que eran las dos de la mañana. De antemano supe lo que ya sabía: no escribiría absolutamente nada, pasaría la madrugada en vela sentado enfrente de la pantalla, mirando a través de la ventana, con la esperanza de capturar con mis ojos perezosos, alguna estrella fugaz pasando a una velocidad descomunal por este cielo tan terrenal.

Toronto, 12 de julio, 2013

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