Hace algunos meses atrás se me vino la idea de escribir acerca de los domingos en Tegucigalpa.
La idea se quedó solo en idea por un buen tiempo y esta tarde me permitiré darle vida; sin importar que no sea domingo, el día es lo de menos, aunque a varios lectores les hubiera gustado que escribiera sobre los viernes o los sábados en Tegucigalpa. Tal vez hubieran preferido que escribiera sobre la vida nocturna en los principales días del fin de semana (viernes y sábado), quizás por que la mayoría de las personas toman el domingo como la antesala del lunes; el día más odiado de la semana y lo dedican para reposar o para reparar el cuerpo de las nochecitas del viernes y el sábado. Aunque conozco a varios quienes piensan que todos los días son buenos para parrandear y llevan la teoría a la praxis al pie de la letra.
Amaba los domingos en Tegucigalpa, las calles descansaban del feroz tráfico y de la contaminación que emiten buses, camiones, taxis y de esa contaminación que esta tan implícita en nuestras desesperanzas; la contaminación auditiva que dan como un bono los pitos, arrancones, frenazos, música a todo volumen y un millón de improperios a causa del horror que resulta conducirse por una ciudad maltrecha y mal parida.
Varios domingos caminé desde Tiloarque, crucé el bulevar de las Fuerzas Armadas, pasaba la Colonia Villa Española, El Alamo, hasta que caía al barrio La Granga y cogía todo el bulevar Comunidad Económica Europea, hasta llegar al barrio la Bolsa, después a las canchas del Obelisco y por fin me guiaba por la Calle Real que me llevaba al centro de la Ciudad. Ese recorrido me tomaba alguna hora y generalemnte lo emprendía como la una de la tarde, retaba al beligerante sol y algunas veces a los nubarrones que se dibujaban sobre el cielo febril de Tegucigalpa.
Las calles de la ciudad discernían sustancialmente de los demás días de la semana. Incluso en los domingos las cifras delictivas o los hechos macabros se reducían cuantiosamente, parece que ni los ladrones, secuestradores o los mismos policías delinquían o delinquían en menor escala mejor dicho, también era su día de descanso.
La Plaza Central cambiaba su imagén por completo y se pintaba con un mosaico de colores. Me encantaba mirar las empleadas domesticas; en su mayoría mujeres campesinas llegadas a la ¨gran ciudad capital¨ buscando una mejor calidad de vida, pero que a la larga lo único que encontraron fue una misería mas grande que la que tenían en sus aldeas, así que no quedó mas remedio que encerrarse en casas de familias de la escaza clase media, ya casi extinguida y que luchan por sobrevivir. Por lo menos tenían los tiempos de comida, a cambio otorgaron su libertad y el derecho sobre sus propias vidas.
Payasos, equilibristas, magos, pastores evangelicos; todos buscaban acaparar la atención de todos por igual, valga el juego de palabras y agenciarse algo de dinero, para mitigar un tanto la desagradable pobreza.
Me gustaba tomar una cerveza en el Duncan Maya y esperar la boquita que siempre venia, me gustaba almorzar una sopa marinera en la terraza de Don Pepe o una torta de jamón y queso, acompañada de una Canada Dry en Taco Mexi.
Y que decir del Estadio Nacional y sus famosas carnes asadas en el Lempira Reina.
En otra ocasión voy a profundizar en las aventuras de los partidos de futbol, ahora solo tengo presente el olor a carne asada y a frijoles fritos y del triste camino que emprendía de regreso, a través del mirador del Prado, cuando las luces de neón de la ciudad brillaban opacamente. A todo esto eran cerca de las ocho de la noche, otro domingo estaba a punto de morir y la cruda realidad del lunes por llegar.
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