miércoles, 7 de agosto de 2013

Mi Macondo Hondureño


" Shoshannah siempre me ha dicho que tengo una buena memoria para recordar historias, personas, paisajes y los mas ínfimos detalles de algunas situaciones.
Sin embargo, mi memoria es una contradicción absoluta, porque soy fatal recordando números, direcciones y nombres propios.
Lo cierto es que tengo tan presente en mi memoria la imagen de un pequeño pueblito que fue borrado por el paso violento del Huracán Mitch, llamado Río Abajo y que se ubicaba entre El Progreso y Tela, en la costa norte hondureña.

Si mi ‘dichosa’ memoria no me falla, creo que fue en 1989, cuando mi madre me comunicó que nos íbamos a vivir a la pequeña aldea, ya que la abuela que en paz descanse estaba mal de salud.
Con mis nueve años aquella noticia no me hizo mucha gracia, sabía muy bien lo que representaba vivir en la aldea.

 Por lo general una vez al año íbamos a visitar a la abuela desde Tegucigalpa y llegar a Río Abajo era toda una aventura.
Primero, tomábamos un bus de la empresa de transporte llamada Los Norteños hasta llegar a San Pedro Sula, luego otro bus de la empresa Catisa para llegar a El Progreso, no sin antes hacer una escala en La Lima y finalmente el último bus que de El Progreso nos llevaba a Rio Abajo.

Después de una media hora de recorrido el bus abandonaba la carretera asfaltada y era el momento de circular por una calle de tierra, de cruzar ríos cristalinos y de recorrer por los sembradíos de bananos y de palma africana.
El bus paraba a placer en cada pequeña aldea para bajar y subir pasajeros. Siempre me gustaba ir en la ventana para ser testigo de los paisajes que cruzaban por mis ojos.

Mi madre, tenía la costumbre de dormirse en los buses, no obstante siempre se despertaba cuando nos acercábamos a nuestro destino sin ayuda de algún reloj despertador.
No sé cuántas personas vivían en Río Abajo, pero, no eran muchas y la aldea carecía de electricidad y agua potable.
La finca de los abuelos se ubicaba justamente después de cruzar un puente gigantesco, el cual era una estructura de madera que había aguantado ciclones, huracanes y tantas tormentas tropicales, pero, que al final no pudo ante Mitch y cayó derribado ante la voracidad de  aquel huracán que se convirtió en una feroz tormenta tropical y que partió el país en un millón de fragmentos.

Según me contaba mi mamá: la aldea en la época en que las compañías estadounidenses operaban en la zona era otra historia, las aldeas tenían vida y se respiraba otra atmósfera (esa es la percepción de mi madre, voy obviar por un momento las injusticias que practicaron las famosas compañías bananeras en Honduras).
Lo que quedaba en la aldea solamente eran bosquejos borrosos de lo que un día fue; casas de dos pisos de madera que estaban siendo carcomidas por la polilla inclemente del paso del tiempo.

Mis abuelos vivían una vida, si se puede decir tranquila, comparado con el resto de los habitantes, que en su mayoría se ahogaban en las aguas de la miseria.
Mi abuelo era un hombre serio, que muy rara vez se reía y que desde siempre había trabajado en el campo, era muy ordenado y limpio, y a pesar de no saber leer ni escribir tenía una mente prodigiosa, aplicaba las matemáticas puras, esas que se aprenden en la vida misma, para hacer sus cuentas.

Salía muy de mañana con su machete, sus botas de hule y su cumbo de agua a trabajar al monte. Mientras tanto mi abuela que había perdido la vista antes de que yo naciera se quedaba en casa supervisando que la empleada doméstica limpiara de la mejor manera.
Dice mi madre que a la abuela siempre le faltó un tornillo y cuando perdió la vista la cosa fue peor.
Se pasaba el día escuchando grabaciones de pastores evangélicos en una vieja radio, que sonaban tan amenazantes anunciando que el fin del mundo estaba muy cerca y que todos los pecadores se irían al infierno.
Vivía obsesionada con que la casa estuviera limpia, como no podía mirar, se quitaba una de sus chanclas de hule y ponía su pie descalzo en el suelo para cerciorarse que la empleada que le hacia las labores domésticas había barrido bien los pisos.

Mi abuelo trabajaba de sol a sol para complacer los caprichos de la abuela y aunque no podía ver, fue la primera en tener un televisor en blanco y negro en la aldea, el cual funcionaba con una batería de carro. Ahora que lo pienso me parece increíble que esto pasó en 1989.
Mi madre consiguió una plaza de maestra en la escuela de la aldea, a la cual asistí durante los seis meses en que vivimos en Rio Abajo, mientras la abuela se recuperaba de sus convalecencias.
Mi vida cambió radicalmente, del bullicio de la ciudad pase a la tranquilidad de la remota aldea.

Las primeras semanas lloraba en mi cama suplicándole a mi madre por regresar a Tegucigalpa. No me hacía a la idea de vivir sin electricidad, de bajar al río que quedaba a un par de metros de la casa para tomar una ‘ducha’ y de apagar el televisor a las siete de la noche por dos motivos: para ahorrar la energía de la batería y porque el ruido molestaba a la abuela.
Lo peor era en horas de la noche, cuando los dos perros que tenían mis abuelos no paraban de ladrar y corrían por el gigantesco patio de la casa. A aquellos ladridos también se sumaba el tropel de caballos que pasaban en la madrugada galopando misteriosamente en la oscuridad.
Creo que mi madre también sentía miedo, aunque nunca me lo ha confesado.

Odiaba la escuela y odiaba aquel mundo tan simple. Lo único que me mantuvo a flote fue la esperanza de regresar a Tegucigalpa.
Veinticuatro años después, he vuelto a recordar aquella aventura y como suele suceder con el paso del tiempo, miro el asunto desde otra perspectiva.
Aquellos meses que pase en Río Bajo me dejaron tantas lecciones de vida, me enseñaron a refugiarme en mi imaginación para entretenerme, aprendí a nadar en aquel huraño río, que se desbordó con el huracán Mitch, llevándose consigo casas, animales, cosechas, puentes y varias vidas de personas condenadas a vivir en la pobreza.

Según supimos por conocidos la casa de los abuelos se fue con el río y después del paso de Mitch la pequeña aldea fue borrada del mapa. Sus habitantes se fueron a otras aldeas vecinas donde el daño no fue tan severo.
Po suerte seis años antes de que el huracán Mitch golpeara con toda su violencia el país, mi abuelo había fallecido y mi abuela se vio en la obligación de vender la casa y la finca para mudarse con nosotros.

Fue hasta mi primer año de universidad cuando leí Cien Años de Soledad, obra celebre del Gabo y me fue imposible el no recordar la pequeña aldea donde mi madre había nacido al leer sobre Macondo; ese fascinante pueblo creado por el Gabo a imagen y semejanza de esa realidad que se respira en varios poblados de Latinoamérica, esa realidad que a veces parece ser tan fantasmal.

Lo cierto es que tengo tan fresco el recuerdo de Río Abajo, recuerdo la casa de los abuelos, los naranjales, el olor a cacao al secarse y cuando fuimos al velorio de un habitante de la aldea que había sido baleado a tiros por un lio de faldas, creo que nunca voy a olvidar aquella imagen de aquel hombre tirado sobre un petate con cuatro candelas en cada esquina sobre un piso de tierra, vestía una camisa blanca, pantalón negro y botas, tenía cubierto sus odios y sus fosas nasales por algodón, al igual que su boca. 

Las personas lloraban, varias mujeres gritaban y sentí un dolor de estómago muy intenso. Le supliqué a mi madre que dejáramos el velatorio, mi madre aceptó y juntos caminamos por las calles de tierra en un silencio sepulcral y con una oscuridad que se iluminaba un poquito con la luz de un viejo foco de mano que alumbraba nuestro camino.
Estábamos cruzando el puente en una oscuridad tan amenazante, cuando mi madre me agarro de la mano y me dijo ‘pronto nos iremos a casa’ luego me besó la frente y escuchamos el ladrido de los perros y el murmullo de las aguas del río que parecía tan sereno".


Toronto, 7 agosto, 2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Hasta Luego Aníbal


“La libertad esta en ser dueños de la propia vida”

Platón

"Tengo tan presente en mi memoria aquellos años de universidad en Tegucigalpa, la casa de la colonia Tiloarque, los buses urbanos, los taxis colectivos y esos personajes tan peculiares que tenemos en Honduras.

Uno de ellos era Aníbal Barrow, que cada mañana tocaba sus maracas al presentar las noticias en Vica televisión, mientras decía frases que ni él mismo sabía a ciencia cierta que significaban, como ‘naca naca piri naca’ o ‘ni fu ni fa’ cuando apretaba un pollo de hule color amarillo con un cresta roja, que emitía un gutural chillido anunciando que era hora de levantarse de la cama.

Sintonizaba el programa de Aníbal cada mañana mientras me preparaba para salir a clases y de paso me informaba de los aconteceres del país. Aníbal presentaba las noticias de una manera diferente, con un sentido del humor muy singular, sin embargo, al lado de su personalidad jovial  siempre fue un periodista que criticaba duramente  la corrupción y los actos anormales que los políticos hondureños perpetran a cada segundo, como parte del diario vivir.

La noticia del secuestro del periodista ocurrida semanas atrás en San Pedro Sula me cayó como una bomba y el subsecuente hallazgo de su cuerpo vilmente asesinado, produjo en mí una absoluta indignación y una profunda preocupación por lo que está pasando en Honduras.
No solamente se trata del crimen de Aníbal, se trata de los miles de hondureños que están perdiendo sus vidas víctimas de la brutalidad y la violencia.

Tampoco, se necesita ser un experto para llegar a la conclusión de que el crimen de Aníbal fue un hecho delictivo más, la verdad está a la vista y todos sabemos que grupos poderosos están detrás del crimen, llámense ‘respetados empresarios’, narcotraficantes o algún político que no se sentía conforme con las críticas y denuncias que el periodista hacía en su programa en Globo T.V.
Aníbal se suma a la lista de los varios periodistas asesinados en el país (lista que ha aumentado desde el golpe de estado del 2009) convirtiendo a Honduras en uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo.

Todo esto ante la indiferencia de las autoridades y en muchos casos la participación de las mismas autoridades en los actos delictivos, olvidándose de la misión que tienen que cumplir: de salvaguardar la seguridad de los hondureños y velar por el cumplimiento de las leyes.

 El jefe de la policía hondureña, el famoso "tigre" Bonilla (que arrastra por los suelos una enorme cola de actos dudosos) salió a la palestra pública anunciando que se capturaron a los responsables del macabro crimen, mientras presentaba a los medios de comunicación un grupo de individuos que lucían asustados  y que no entendían que es lo que estaba pasando.

Cuando todos sabemos que el crimen quedará en la absoluta impunidad y que las personas capturadas son solamente chivos expiatorios, mientras la policía y las fuerzas de inteligencia se auto anotan un gran hit capturando los “responsables” del secuestro y el consecuente asesinato del periodista.

 
Preocupa de sobre manera los atentados a los periodistas  en Honduras, al igual que el ambiente de hostilidad en que se está coexistiendo, es una especie de guerra que no ha sido declarada y que muchos no quieren reconocer que existe.
Las mafias, los carteles y los mismos políticos, son los responsables de que se esté viviendo en un completo estado de desgobierno, donde la justica es solamente una ilusión.

Me pregunto ¿cuántos millones de dólares estarán entregando los carteles de la droga y los grupos de empresarios poderosos a los partidos políticos tradicionales para conducir sus campañas de frente a las próximas elecciones? Todo con tal de seguir favoreciéndose y actuando a como les de placer, como lo han venido haciendo desde que empezamos a vivir en una mal llamada “democracia”.

 Por lo pronto solo nos queda el recuerdo de Aníbal, al igual que el recuerdo de los miles de campesinos que han sido ejecutados en el Valle del Aguán por defender sus tierras y el recuerdo de aquellos hondureños que han sido abatidos por la irracionalidad de alguien que cree que logrará acabar con la diosa razón usando un arma de fuego.

Descanse en Paz Aníbal Barrow”.

 

Toronto, 17 de Julio, 2013

 

 

 

 

 

viernes, 12 de julio de 2013

Cielo Terrenal


“Anoche cerraste la puerta de la habitación para dejarme afuera y para aislar los conjuros agrestes que siempre ejerzo, buscando ganar almas carentes de amor.
Anoche preferiste dormir sola y sin ropa alguna; entregada al calor del verano y a un cielo estrellado, tal y como te gusta.

Dormiste desparramada y conferida a soñar con personas extrañas, que quizás solamente te has cruzado en una ocasión en toda tú vida y alucinaste que otras manos acariciaban tú cuerpo, mientras otras bocas te plagaban de besos.
Por mi parte, me quedé intentando escribir, fumando el humo inexistente de esos fantasmas que rondan en este estudio tan vacío.

Noté la hora y comprobé que ya era tarde y mis líneas no estaban llegando a ninguna parte, me levanté del escritorio con la firme intención de estirar mis piernas y de darle una tregua al teclado incipiente de mi computadora.
Por un puro impulso racional me encaminé hacia la habitación y miré que la puerta estaba cerrada. No quise abrir la misma y violar la decisión suprema que habías tomado.
Regresé al escritorio, la pantalla de la computadora estaba en blanco, moví el ratón y al unísono un infinito rompecabezas de palabras apareció.

Intenté colocar las piezas en un orden convexo, resultando imposible abrir una brecha diáfana que condujera mis ideas al sitio que fuese.
Froté mis ojos cansados y luego supe que sería imposible escribir. ''Otro bloqueo de los muchos que estoy teniendo últimamente''. Pensé.
Abrí la puerta del estudio y salí al patio. Había llovido toda la tarde y buena parte de la noche, el torrencial aguacero había dejado una insipiente humedad.

Caminé descalzo, deslizándome sigilosamente como un gato en busca de una aventura nueva y sintiendo esa maravillosa sensación de pisar sin zapatos la grama fresca.
El cielo estaba tan estrellado, me detuve por un instante, esperando que quizás a lo mejor un resplandor divino apareciese trayendo claridad, pero nada pasó. Lo mejor que pude hacer fue regresar al estudio y dejar las ilusiones para los soñadores.

Volví a mover el ratón y otra vez la aspereza de tantas palabras casi mudas aparecieron delante de mis ojos cansados, ansiosas por convertirse en historias.
En eso, se me vino un enorme antojo a café, desistí de prepararme uno y me fui a la cocina a buscar un vaso con agua.
El reloj de la estufa marcaba que eran las dos de la mañana. De antemano supe lo que ya sabía: no escribiría absolutamente nada, pasaría la madrugada en vela sentado enfrente de la pantalla, mirando a través de la ventana, con la esperanza de capturar con mis ojos perezosos, alguna estrella fugaz pasando a una velocidad descomunal por este cielo tan terrenal.

Toronto, 12 de julio, 2013

jueves, 27 de junio de 2013

Escribir Me Hace Tan Bien


“El verano por fin llegó a Toronto, aunque un poco tarde y con mucha lluvia. Sin embargo, el termómetro ha subido hasta los cuarenta grados y la humedad se ha hecho presente en el ambiente. Me recuerda mucho al calor que hace en San Pedro Sula donde las ropas se pegan a los huesos.
Las últimas semanas he estado un tanto ausente del blog, aunque sigo teniendo un montón de ideas en la cabeza, a veces me pasa, que me cuesta mucho poner las mismas en orden y escribir sobre algo en concreto, así que siempre termino mezclando varios sucesos.

 
Hace un año me encontraba en una realidad totalmente diferente a la que estoy viviendo ahora, trabajando en un proyecto que me enseñó muchas lecciones de vida y que me dejó esa increíble satisfacción de compartir con personas que han atravesado muchas dificultades en sus existencias. Dicho proyecto me mostró la otra cara de Toronto, esa cara que muchos no quieren ver o que no aceptan que existe. Me refiero a todos los marginados, a todos los que han caído en el bache de la depresión, en el horror del abuso de drogas duras y la cara de los inmigrantes que todavía no han encontrado su sitio en una nueva sociedad y han terminado viviendo en la marginalización social.

 
Trabajé en un proyecto de agricultura urbana en el corazón de la ciudad y pasé todo el verano al aire libre y escuchando tantas historias de los participantes del proyecto.
Sin duda alguna fue una gran experiencia y esta mañana entre tantos correos que tengo que contestar, entre la neurosis de mis jefes, entre las presiones que tenemos los inmigrantes de trabajar el doble para mostrar que "valemos" y entre esa infinita lucha de querer hablar a la perfección un idioma que no es el materno y de sentir una apuñalada cuando se percibe en las caras de las personas que no te entienden porque has pronunciado mal una palabra o porque tu acento es diferente.

Entre todo esto, he decido escribir esta columna, para librarme un poco de tantas cosas y de antemano sabiendo que escribir me hace tan bien. Hoy mi realidad es otra, paso ocho horas al día sentando enfrente de una computadora y literalmente pegado al teléfono.  Mi trabajo consiste en transmitir la información que me envían dese Perú a mis jefes en Canadá, los cuales invirtieron en la construcción de un hospital privado en Piura, una ciudad que ha crecido como la espuma al norte de Perú, muy cerca de Ecuador.

Hace tres años que llegué a Canadá y desde ese entonces  he estado metido de lleno en varios proyectos sociales en la comunidad, trabajando con refugiados y con inmigrantes, así como haciendo varios voluntariados en diferentes organizaciones. Sin embargo, nueve meses atrás me tire a esta aventura de las comunicaciones internacionales y el cambio ha sido brutal. Estoy viviendo en un mundo basado en la producción de capital, muchas veces sin importar como se logre ese objetivo o mejor dicho: sin importar cuales son los medios para alcanzar el ‘éxito’ económico.

El inmigrante es como el camaleón, tiene que cambiar de color, adecuarse a lo que venga y no decir  ‘no’ a lo que aparezca en el camino y en resumidas cuentas aprender de cada experiencia. Últimamente me he estado atormentando pensando en el futuro, preguntándome ¿para que estaré hecho? Creo que esta ha sido mi disyuntiva desde que tengo uso de razón. Desde las últimas semanas he estado naufragando en aguas no tan diáfanas y dándole vuelta a la misma pregunta ¿qué voy hacer con mi vida? Creo que eso nos pasa a todos los idealistas, a aquellos que no aceptamos las cosas como son dadas y que nos gusta vivir al filo de la navaja, aunque en momentos como este la premisa de lo que está más allá del mañana nos corte la respiración.

Trato de apegarme a la idea de todo lo que hago es pasajero, experiencias de vida y que nada dura para siempre, aunque resulta sumamente difícil, más cuando se llega a una edad en la vida donde la dichosa estabilidad empieza a tocar la puerta. Muchas veces mantener los sueños vivos resulta complicado, especialmente en este mundo desalmado, donde lo que dicta las pautas es lo material y el egoísmo, dejando atrás lo colectivo y el bienestar común.

En esta ensarta de pensamientos, entran los libros que leo y las líneas que escribo, en síntesis, entra todo lo que tenga que ver con la literatura, con las letras y con el arte de contar historias y de expresarse a través de las palabras. Creo que si no escribiese estuviese perdido y a lo mejor mi vida no tendría sentido, aunque muy a menudo me enfado con mis personajes, maldigo por no poder encontrar el inicio de una historia o  me hago un lio en ese intento por mezclar la ficción con la realidad.

Aquí viene la pregunta del millón ¿Estaré hecho para ser un escritor? Aunque he escrito tres novelas que no han salido de la clandestinidad del disco duro de mi computadora y que no se han enfrentado al lápiz de algún editor. Solo sé que escribir me hace sentir bien y trato de despejar las dudas sobre si tengo o no tengo talento, porque al fin y al cabo, nadie es nadie para decir lo que está bien o lo que está mal.

El sol golpea fuerte y a través de la ventana de mi oficina puedo observar lujosos coches aparcados y del otro lado una carretera desolada y varios complejos industriales. Quisiera poder brincar por la ventana, montar mi bicicleta y pedalear hacia el centro de la ciudad a disfrutar de los colores del verano y los rostros de la diversidad, esos rostros que solo se pueden ver en Toronto.

En este instante hago un paréntesis, cierro mis ojos y recuerdo que hace cinco años atrás firmé un papel para unirme a un ser majestuoso y maravilloso en matrimonio, el papel resultó ser lo de menos, fue un requisito que es puesto por los seres humanos, que muchas veces se obsesionan con darle tantas formas a las cosas, olvidándose que la verdadera felicidad radica en la simpleza.

Fue una maravillosa tarde de verano, con un sol que invitaba a soñar, cuando después de una breve ceremonia sellamos con Shoshannah lo que ya sabíamos: que queríamos compartir nuestras vidas y caminar juntos los caminos de este mundo. Cinco años han pasado desde aquel día y aquí estamos, todavía soñando y buscando nuestro sitio.

No habrá celebraciones especiales, a los dos nos gusta mantenernos alejados de los tradicionales clichés, quizás el sábado vallamos a caminar por las calles de la ciudad, quizás tomemos un café por ahí, a lo mejor nos perdamos en alguna librería y cenemos cierta comida étnica que tanto nos gusta, ya sea comida etíope, koreana o india, por mencionar algunas delicias culinarias que se pueden saborear en la ciudad.

Nuestra verdadera celebración será el próximo fin de semana cuando nos vallamos por cuatro días en un viaje en canoa por uno de los tantos  parques provinciales que hay en Ontario y en los cuales se encuentra dicha y paz.

Tal y como lo decía antes, he terminado mezclando lo que escribo, siempre pasa lo mismo, no me puedo mantener en una sola línea y termino saltando por distintas ramas. Espero que ustedes, mis estimados lectores me sepan entender y perdonen este peculiar estilo de contar las cosas; total, que solo escribo, porque me hace tan bien”.

 Toronto, 27 de Junio, 2013

 

jueves, 6 de junio de 2013

La Feria del Libro


“El libro es fuerza, es valor, es fuerza, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial del amor”.
Rubén Darío

 “La feria del libro ha alzado su telón en la ciudad de Madrid. He estado siguiendo la misma a través de algunos diarios de España y me ha resultado imposible no escribir sobre esos amigos inseparables  a los cuales respeto y los cuales han sido una luz y una guía en todos los momentos de mi vida: los libros.
El mundo literario no ha estado ajeno a la crisis económica internacional que empezó a azotar el mundo entero en el 2008; resultando España uno de los países más afectados de la unión europea y a su misma vez siendo este un importante eje de las letras castellanas.

Resulta irónico, porque ahora más personas leen, más personas buscan la manera de tener mayor información, cosa que me parece fantástica, no obstante, es más complicado  comprar un libro que al final ayudará a sostener toda una industria literaria, sencillamente porque las prioridades de supervivencia no nos dejan muchas elecciones, estamos viviendo con la navaja entre los dientes y lastimosamente el campo de las letras y el arte en general, son los que están pagando los platos ratos, sin tener la culpa del descalabro que han hecho unos cuantos; llámense banqueros, afamados economistas, políticos corruptos o monarquías decrepitas.
También, está esa otra realidad que nos ha traído el mundo entero a las palmas de nuestras manos, llamado internet. Los libros de consulta cada vez están pasando a segundo plano, ahora basta con oprimir un botón para tener la información que requerimos en cuestión de segundos. Ya casi nadie escribe a mano, nos hemos vuelto esclavos de los teclados (incluyéndome a mi) y esas líneas delicadas de una letra fina y perfectamente delineada es asunto del pasado.

No estoy en contra del internet, es más, creo que ha sido una revolución que ha hecho que el mundo sea más democrático, al tener acceso a todo tipo de información en el momento deseado. Incluso se ha llegado a convertir en un medio de gran ayuda para difundir ideas (este blog es prueba de ello) aunque sueño cada noche con pasar de lo virtual a lo físico y finalmente poder acariciar con mis dedos temblorosos mi primer libro, creo que eso sería uno de los momentos más importantes de mi vida.
Sin embargo, ha llegado el momento para adecuarse a las exigencias de este mundo que marcha a una velocidad asombrosa y que cada segundo que pasa está cambiando, sin dejar a un lado los libros en su formato físico; que nunca perderán su encanto.

Soy un fanático de esas librerías pequeñitas que se encuentran escondidas en algún callejón de cualquier  ciudad de este mundo, esas librerías que guardan entre sus estantes hermosas sorpresas y no hay nada mejor; como sentarse en algún café a leer, sin ninguna prisa y con todo el tiempo del mundo por delante para dejarse guiar por cualquier historia o hacer un viaje largo en tren acompañado de una novela, así como esperar por horas y horas la próxima conexión en algún aeropuerto en compañía de un libro y café.
Soy del pensamiento que los libros se tienen que hacer circular, se tienen que mover y ser pasados a otras manos. Me gusta prestar libros y nunca espero el regreso de los mismos, solo espero que sean leídos y no me aferro a los mismos.
Me llena de ilusión un artículo que leí en una revista literaria mejicana, donde se decía que en Latinoamérica se está leyendo más, ya sea en formato digital como de la manera tradicional.

Pienso que los sistemas educativos latinoamericanos tienen que reestructurarse por completo y reformar todas sus asignaturas, incluyendo la materia de español, principalmente en el colegio y dejar de leer tantos clásicos y enfocarse mas en libros contemporáneos, quizás en relatos más apegados a nuestras realidades y casi puedo asegurar que los clásicos serán leídos en una etapa más madura, lo importante es engendrar ese bendito hábito de leer en nuestros jóvenes.
Siempre recuerdo esos primeros libros que me enseñaron otros mundos que desconocía y que abrieron mi imaginación de par en par. Todavía en mi mente navegan esos libros que despertaron en mi esas ansías locas de mezclar la ficción con la realidad y que han sido la perfecta compañía en los momentos más difíciles de mi vida, justo y cuando he necesitado un espaldarazo en la espalda, ahí han estado los bocetos de Cortázar, los pueblos inventados de García Márquez, esa exquisita escritura sin preámbulos y sin ataduras de Ramón Amaya Amador, que me hizo llorar con libros ancestrales y que tienen que ser una obligación para todo hondureño, para poder ser un poquito más humanos y no olvidarnos que tenemos que luchar contra la miseria y las injusticias.

Los libros van de la mano con las etapas que se están viviendo en la vida misma, y nuevos títulos van apareciendo, al igual que nuevos estilos. En esas trasmutaciones ya sean de espacio geográfico o de índole existencial, me he encontrado con Paul Auster, con Margaret Atwood, Junot Díaz y Roberto Bolaños entre otros.
Aunque la economía mundial no esté pasando por su mejor momento, esto no significa que se dejarán de escribir libros, es más, más libros aparecerán, porque es bien sabido que de los momentos amargos es cuando más inspiración aflora, es cuando se inventan otros mundos y la creatividad simplemente es una herramienta vital para escaparse de lo establecido y para encontrar respuestas.
Todos los amantes de la literatura esperamos que los libros sigan siendo elementos importantes en la vida cotidiana de todos los seres humanos, pero, sobre todas las cosas, esperamos que los libros nunca mueran y que sigan siendo ese bastión tan fundamental y tan necesario, para que nos guíen a ser mejores personas”.

Toronto, 5 de junio, 2013.

jueves, 23 de mayo de 2013

Esa América Latina...


"En América Latina, lo maravilloso se encuentra en vuelta de cada esquina, en el desorden, en lo pintoresco de nuestras ciudades... En nuestra naturaleza... Y también en nuestra historia".
Alejo Carpentier


“Siempre he afirmado que viajar es sinónimo de crecer y que no hay nada como vivir en primera persona a que te lo cuenten.
No puedo negar que amo los aviones y que los aeropuertos son los enigmas mas hermosos sin resolver.
Estoy en mi tercer viaje por el Perú y ahora si he podido separarme del trabajo y he sacado el tiempo para caminar por las calles tanto de Lima y de Piura.
Hoy es domingo y por gracia divina no tenia nada que hacer, así que no hubo nada mejor que tomar un taxi y perderme en el centro de Piura.
Piura, es la capital de la provincia del mismo nombre en el norte del Perú, a dieciséis horas en autobús de Lima.

Afortunadamente siempre he volado desde Lima, ahorrándome el largo viaje terrestre, aunque debo de admitirlo y un día de estos me gustaría experimentar los autobuses peruanos.
En fin, esta semana y como suele suceder en los viajes de trabajo, ha sido sumamente agotadora y he llegado a niveles altísimos de estrés, así que este domingo ha caído como lluvia de mayo.
 Después del café de la mañana y unas tostadas de pan con nutela, salí a la calle a enfrentarme con 34 grados centígrados y un sol que invita a soñar.
Por los momentos estoy residiendo en las afueras de la ciudad, muy cerca del poblado de Catacaos, el cual es un pueblito bastante pintoresco, que me hace recordar a Valle de Ángeles en Honduras.
Piura es un caos urbano, una ciudad que ha crecido aceleradamente, al igual que varias ciudades de Latinoamérica. El tráfico y el desorden vial son una constante que se repite a cada segundo y los ensordecedores pitos de los autos son una especie de sinfonía macabra.

Otra de las cosas que disfruto cuando viajo es hablar con los taxistas, creo que son el perfecto punto de referencia para conocer a profundidad una ciudad.
Al abordar el diminuto taxi color amarillo y después de hablar sobre el calor, el taxista directamente me preguntó ¿de donde era? Le contesté que ‘de Honduras, pero que vivo en Canadá’. El pobre no tenia idea donde estaba Honduras y creía que Canadá era otro estado de los Estados Unidos, así que me vi en la necesidad de impartir la mas básica de las clases de geografía que puede existir.

Después de instruir al humilde y simpático taxista en lo mas esencial de la geografía me preguntó ¿cuántas horas de avión son necesarias para llegar a Canadá?
Cuando le dije que casi nueve horas frunció el seño y me dijo ‘ni loco me encierro en un avión por tanto tiempo’. Aquel comentario me causo risa y seguimos hablando.
Mientras circulábamos por la carretera  de dos vías que viene de Catacaos a Piura, el taxista me dijo ‘ antes aquí no había nada, todas estas tierras eran para sembrar arroz y ahora mire como se están construyendo casas’. Es que Perú es el país latinoamericano con una de las tazas de crecimiento económico mas alta; un 6% es el crecimiento que en términos generales ha tenido el país y en la provincia de Piura el crecimiento es de un 13% convirtiéndose en la provincia record en crecimiento.
Esa bonanza económica ha traído varios inversionistas extranjeros al país, al parecer todos quieren aprovechar al buen momento de la economía peruana y explotar la riqueza de los recursos naturales que posee el país.

Los vuelos de Lima a Piura están repletos y encontrar una habitación de hotel es sumamente difícil, todo es como la fiebre del oro o la fiebre del petróleo que tuvo lugar en los Estados Unidos a finales del siglo dieciocho y a comienzos del siglo diecinueve.
Todos quieren tener su pedacito de gloria y así es como inversionistas de China, los Estados Unidos y Canadá, por mencionar algunos han llegado acorazadamente a hacerse un hueco en el país sudamericano.

Sin quererlo estoy siendo parte de tal “elenco” y muchas veces me da asco mi trabajo y me pregunto ¿Qué diablos estoy haciendo trabajando para una de las tantas  corporaciones poderosas que solamente buscan multiplicar sus millones?
El taxi me dejo en la Plaza de Armas, me baje del taxi no sin antes despedirme del amable taxista que le había parecido un horror el hecho de estar encerrado en un avión por nueve horas.

La plaza de Armas es el centro neurálgico de la urbe y punto de encuentro para los piurenses que habitan la ciudad y que suman casi dos millones de personas.
Este es mi primer domingo en Piura y pude apreciar una ciudad diferente, no tan congestionada y mas serena, me recordó mucho a como son los domingos en Tegucigalpa.
Me perdí en las estrechas calles y aproveché para tomar fotos, fotos de edificios viejos, que parecen que se van a venir al suelo, mientras están siendo reemplazados por modernas edificaciones.
Tome  fotos de las callecitas, de la Plaza de Armas y de una leyenda escrita en una pared de una casa que tenia cientos de años que rezaba así ‘la poesía nunca morirá, así como nunca morirán los amores olvidados’.

El calor norteño arreciaba fuerte y al parecer yo era una de las pocas personas que se atrevía a caminar debajo del inclemente sol y es que después de haber vivido tres inviernos en Canadá, se valora cada rayo de sol. No obstante, las calles descansaban del bullicio diario, de los comerciantes que buscan agenciarse un par de soles para sobrevivir vendiendo los mas imaginables artículos o ofreciendo la última pomada que es capaz de borrar hasta las cicatrices del alma.
Andando y andando me fue imposible no pensar en Honduras, en lo similar que son todos los pueblos latinoamericanos y que aunque a pesar de que las distancias son enormes, conservamos la misma mirada a veces cansada, otras veces llena de esperanza.

Desde México a la Tierra del Fuego, compartimos la misma realidad, tenemos los mismos problemas y aunque el New York Times asegure que la economía latinoamericana va por buen camino, solo nosotros sabemos que seguimos tan jodidos como siempre, que seguimos aferrándonos a que un mejor porvenir esta por llegar mientras se hace malabares para no irse a la cama con el estomago vacío.

Siempre me ha llamado la atención los rostros de las personas, principalmente los rostros de los ancianos, esa mirada triste y los surcos tan definidos en las frentes,  y siempre he querido tomar fotos de esos rostros que se encuentran regados por las calles, sin embargo, me da mucha pena descargar mi lente e inmortalizar esos rostros en una foto, no se, me parece que estoy abusando de la voluntad humana y me da vergüenza preguntar ¿Puedo tomarle una foto? Mi cámara tuvo que contenerse de dispararse para capturar el rostro de una anciana que me pidió un sol.

Estaba tirada en una acera cualquiera, con la cara curtida por el duro sol y la mano extendida soportando el peso inclemente de la gravedad.
Le di un sol y quise pedirle permiso para tomarle una foto, pero, luego me pregunté ¿Para que? Quizás aquella humilde anciana pudiera pensar que mi cámara le arrebataría el alma o acaso la hipotética foto ¿serviría para acabar con la humillación de pedir dinero para comer? No lo se y no lo quiero saber.
Seguí caminando pensando en la vida, pensando en lo afortunado que soy por tener lo que tengo  y pensando ¿que puedo hacer para cambiar esa Latinoamérica que me ha dado el soplo de vida?

Anduve y anduve, hasta que mis piernas empezaron a sentir el cansancio. Me senté en una banca de la Plaza de Armas y sentí esa maravillosa sensación de poder estar en Antigua, Guatemala o en La Paz, Bolivia o en alguna céntrica placita de Guanajuato, México. Llegué a la conclusión de que a pesar de la basteza de nuestra América Latina somos tan iguales, tenemos la misma descendencia y conservamos los mismos rasgos milenarios.

Los minutos fueron volando como espigas que se levantan con el viento de una tarde que poco a poco iba muriendo, mientras dos enamorados se comían las bocas a besos y en eso un chico de algunos quince años vino hacia donde me encontraba sentado a ofrecerme sus servicios para limpiar mis zapatos; otra vez volví a ver esa mirada perdida en un horizonte vacío donde la esperanza es solamente un resquicio de lo imposible.
Contesté gentilmente –que no- y el adolescente se retiró en compañía de su cajón de madera, el cual contenía el betún, los cepillos para lustrar, un trapo gastado y un bote con agua sucia, cruzo la calle y se perdió en la soledad de este domingo caluroso y solitario.

Piura, Perú, 20 de mayo, 2013