miércoles, 9 de noviembre de 2011

El regreso a casa

Han pasado tres años y dos meses desde que despeje del aeropuerto Villeda Morales de San Pedro Sula, con las maletas cargadas de ilusiones y dispuesto a vivir cuanta experiencia que fuera posible.
Y desde aquel entonces, ha sido así, quizás tal y como lo imagine. Estos tres años han sido un cúmulo de nuevas sensaciones, un encuentro incansable con tantas aventuras que no tienen explicación.
En el camino he encontrado personas maravillosas, amigos que van desde Brasil a Palestina y de los cuales he aprendido que lo único que importa es soñar, reír y amar.
España me recibió al mismo tiempo que una enorme crisis asomaba su paso en toda la península Ibérica, pero a pesar de los miedos, de la desazón que causa las caídas de las bolsas, los rostros humanos fueron más que los rostros con disfraces.
Asumí el cambio como cuando un niño aprende a caminar, dí tumbos equidistantes y me tropecé en tantas bancas de las innumerables plazas que recorrí, hasta que comprendí que otra vida había empezado para mí. Y ya no solo se trataba de mí, sino que al fin tenía alguien a mi lado, para recorrer juntos los caminos de este mundo.
España fue el comienzo de un renacer, de un encuentro con otro ser. El momento de dejar atrás los pasados desolados e inconclusos llegó.
Catalunya, Francia, Holanda, Bélgica, Alemania, entre otros, son piezas de un eterno rompecabezas que poco a poco estoy completando. Es un rompecabezas con millones de fragmentos, que a su vez sirven de recuerdos y de lecciones de vida que pretenden eso; enseñarme a vivir de una manera diferente.
Ahora la realidad se llama Canadá, que desde ya me pertenece, tal y como al final sentí que me perteneció España.
Sigo empeñado a no darle méritos a las banderas y a los escudos, a las religiones, a los dioses y a si es blanco o negro, prefiero el azul. Amo la libertad que tenemos los seres humanos de elegir y la oportunidad maravillosa de empezar de nuevo y de dejar el pasado atrás.
Ahora se viene el regreso a Honduras, solo terminó de escribir esas últimas lineas y las pulsaciones del corazón se acrecientan.
Viene el regreso hacía lo que un día deje; ciudades, amigos, cafés, historias y una monotonía que casi me vuelve loco.
Las sensaciones son múltiples, algo que me resulta exquisito, aunque también me aterra.
Creo que los regresos son más difíciles que las partidas.
Recuerdo muy bien, en una de nuestras conversaciones con Marta y Martim (dos entrañables amigos) en su piso de Castellón, hablando sobre los regresos. Ambos regresaron a Brasil, después de haber andado por tantos lugares para finalmente quedarse en castellón.
Al llegar a Brasil se encontraron que sus mentalidades habían cambiado, que las amistades de antaño ya no llenaban como antes lo hicieron y que ya no pertenecían a aquel mundo. Aunque lógicamente también encontraron amigos, que con los cuales las cosas siguieron igual que antes.
Lo cierto es que da miedo, encontrarse nuevamente con una realidad que ha dejado de ser mi propia realidad, aunque algo me dice que también me pertenece, pero que lastimosamente nunca pude encontrar nada en la misma.
No es mi intención hacer un ensayo barato de filosofía rebuscada, solo que las expresiones salen así. Y tal y como me pasa cuando escribo, no limitó nada y dejo que toda salga como quiera salir.
A un mes de viajar a Honduras, los nervios se aceleran, los encuentros ya no se pueden postergar y la bendita familia aguarda, como un nuevo comienzo, como una oportunidad de renacer y de hacer las paces de una vez por todas.
El olor a mar caribe esta ahí, a la vuelta de la esquina, las calles quebradas, la mirada de mi madre, el aroma a café de la tarde, los surcos en la frente de mi padre, los ladridos de lo perros callejeros y todas las cosas irreales que hacen real una fantasía.

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