viernes, 18 de noviembre de 2011

Esos Kilómetros

Son las siete de la mañana, el sol poco a poco va apareciendo y cuando abro la puerta un gélido viento me congela los huesos; a pesar que tengo el equipo adecuado para enfrentarme a los siete grados negativos que imperan en el ambiente.
Pero nada es suficiente, aunque tuviera una gruesa frazada de lana en mi cuerpo lograría calentarme. La respuesta es empezar a correr, mover los músculos lo más que se puedan y marcar un paso rápido para entrar en calor, eso es lo que hago y pasan cinco, diez, quince y veinte minutos, y el calor corporal no aparece, a pesar de que estoy marcando el paso cada vez más rápido.

El frío cruza mis guantes y los dedos de mis manos parecen que van a explotar, ni hablar de todo mi cuerpo. La música que me acompaña en mi frenético andar me hace elevar las revoluciones al igual que los otros correderos que me encuentro en el camino.

El sol por fin ha aparecido y después de treinta minutos mi cuerpo poco a poco, empieza a entrar en calor. Los minutos van pasando y los menos siete grados pasan a solamente ser un cero, aunque de vez en cuando se deja venir un tormentoso viento que trae de vuelta la temperatura a lo más minino.

Llega un momento que la vista se nubla, ahí es cuando aparece el vital liquido, que por una fortuna divina no se ha convertido en hielo. Todo es mejor después del agua y la visión recupera su claridad.
Luego el tiempo va pasando y mis sentidos se entregan por completo al devenir de transeúntes, de coches, de paisajes, de las hojas que caen desganadamente desde los árboles, que al mismo tiempo se están preparando para descansar durante el invierno.

Todo es un espectáculo quedo y sereno, en donde mi mente encuentra sosiego y esa dosis de espiritualidad que me dan las pisadas que marco al andar.
Llega entonces el momento en que las piernas se empiezan a debilitar y ya el frío es un asunto del pasado.

Tengo que ver mi reloj para darme cuenta del tiempo, que se ha perdido en un vaivén rítmico.
Emprendo el regreso a casa, con la única convicción de encontrarme con una humeante tasa de café y con las ideas más claras, con otra visión de mi realidad y de la realidad de los demás.

Puedo afirmar que correr ha salvado mi vida, se ha convertido en una sana adicción, que no le importa el inclemente invierno canadiense o el fulminante sol de verano. Solo importa la libertad de andar, de escuchar las palpitaciones del corazón y de conocer tu cuerpo, tu alma y fortalecer tu mente.
¿Y saben que es lo mejor de correr? No cuesta nada, es gratis, al igual que lo son nuestros sueños.

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