Después de la tormenta
viene la calma, dicen por ahí y creo que así es.
En mi última columna peque
de melancólico y me ate a los azares del negativismo.
Escribir sobre Honduras, es
como poner vinagres en las heridas y calmar el ardor de las mismas tarda mucho
tiempo.
Lo cierto es que ha pasado
una semana desde que escribí la última columna y al parecer el frío de Toronto
ha hecho que mi cabeza se enfríe, aunque por adentro de mis entrañas las
emociones siguen circulando a grandes raudales.
Este último viaje como era
de esperar trajo muchas reflexiones, quizás mas reflexiones de lo habitual, y
me ha resultado muy difícil poner cada una de esas reflexiones en un orden
aleatorio, para ir poco a poco encontrando respuestas.
Antes que nada quiero dar
gracias a Shoshannah, esa compañera que me ha puesto la vida; es la roca que me
da fortaleza y ese manto que seca mis lágrimas. Ella sufre quizás más que yo,
cuando la melancolía y la tristeza invaden mis existencias. Especialmente
cuando se esta lejos de la familia y de los amigos.
Después de dejar el
aeropuerto Toncotin en Tegucigalpa todo cambió. Mientras observaba a través de
la ventana del avión y a la lejanía el rosario de casas que componen
Tegucigalpa, se formó un nudo en mi garganta; sabia muy bien que como siempre
pasa cuando viajo a Honduras, que estaba dejando un pedazo de vida atrás.
Fue justamente, en el instante en que el avión
hizo un movimiento curvo y los cerros que rodean la ciudad se fueron alejando
de mi retina, no pude más y empecé a llorar.
Shoshannah se percató de
aquello y solidariamente empezó a llorar conmigo, y sin decir nada ambos nos
despedimos del país que nos vio nacer.
Luego la aeronave alcanzó
una gran altura, dejando en el olvido cualquier indicio geográfico y solamente
tuve enfrente de mis ojos nubes aterciopeladas y esa sensación de flotar en el
vacío.
Hicimos una larga escala en
Atlanta y mi alegría había quedado atrás; con los rostros de mi gente, con los
niños que juegan entre los infinitos basurales, con la mirada tierna de mi
madre, con las risas de mis amigos, con el positivismo de algunos que todavía
se aferran a creer que un cambio esta por venir y desde luego, con la infinita
belleza de un país que todavía late y que se resiste a morir.
Aterrizamos en Toronto a
las doce y diez de la mañana. El cansancio se unió a la desazón y a la
tristeza, y ni hablar de los menos siete grados centígrados que nos recibieron
al salir del aeropuerto.
Llegando a casa, todo me pareció
tan diferente, tan nuevo y tan finamente diseñado.
Estaba en el cuarto de baño preparándome para
lavarme los dientes cuando sin esperarlo empecé a llorar. Me hundí en un profundo
llanto, como llora un niño cuando ha perdido lo que mas quiere.
Entonces, empecé a sentir
un sentimiento de culpa por tener lo que tengo, por vivir con las comodidades
con las que vivo y me empecé a auto criticar el porqué de tantas cosas que me
rodean o por qué yo tengo lo que tengo y otros no tienen absolutamente nada,
pero, no todo se trataba acerca de cosas materiales, que a la larga no importan
nada, sino que entraban en la lista preceptos demasiado abstractos, que serian
imposibles de explicar.
En síntesis, fue un fin de
semana largo, frío y duro. Ni mi corrida de los fines de semana me pudo tranquilizar
y la serenidad que necesito para enfocarme en mis proyectos tardó en llegar.
Es extraño, siempre he
tenido la facilidad de adecuarme a nuevos lugares. Creo que es debido a que
desde que tenia cuatro años he andado saltando de lugar en lugar, desde que nos
movimos de Tela a Comayagua, luego a Tegucigalpa, después a Siguatepeque, sin
pasar por alto las vacaciones que pasé trabajando con mi tío Juan en San Pedro
y luego el regreso a Tegucigalpa, para terminar exiliándome en Siguatepeque a
pedido propio y haciéndole caso a mi alma que en aquel entonces andaba en las
penumbras.
Luego vino el salto
internacional, Europa, España, las estaciones de tren, los aeropuertos de
madrugada y el silencio de los pensiones de paso.
Después le llegó el momento
a Canadá y ahora son los regresos a Honduras.
Me he sobre puestos a todos
los cambios, algunos dirían que asombrosamente, incluso me he sabido adaptar al
temible invierno canadiense, a otro idioma y a otras normas, pero, este último
regreso a Honduras me ha dejado alicaído y con un montón de pensamientos dando
vuelta en la cabeza.
El caso es que ahora se
trata de dos y no de uno solo, Shoshannah es la que sufre estos arrebatos del
humor y una vez más, tal y como suele suceder me ha hecho ver que me ama al
aguantar mis polaridades y compartir mis tristezas.
Me pasé el fin de semana refunfuñando
y pensando en todo lo que había tenido enfrente en mi viaje a casa; las caras
de los sucios políticos, la miseria, el hambre y todas las cosas que me
entristecen y que por completo me hicieron olvidarme de las cosas positivas, llevándome
a encerrarme en un círculo oscuro.
Ha pasado más de una semana
desde que regresé a Toronto y parece que ya estoy nuevamente en el engranaje,
empezando el invierno y retomando proyectos que se estaban quedando atrás.
Otro año esta por terminar,
cuando todavía tenemos la sensación que apenas acaba de empezar.
Si algo he aprendido en
estos 32 años de existencia, es que la vida es una caja de pandora, llena de
sorpresas, de momentos alegres y de amargos, de pruebas y vicisitudes.
Pero, al final siempre esta
la luz al final del túnel y no queda mas remedio que reinventarse e intentar de
nuevo.
Creo que no somos nada sin
nuestros sueños, aunque muy a menudo tarden en aparecer y aunque a veces
pensemos que nunca llegarán, pero hay que seguir creyendo en este dogma de
vida; que todo llega a su tiempo.
La tristeza de la columna
que escribí una semana atrás poco a poco esta quedando atrás y aunque el cielo
este gris y el invierno halla borrado el verdor, todavía se vale soñar y de vez
en vez poner una sonrisa en la cara y apreciar de que todo no esta perdido.
A todos los que leen este
blog, a Shoshannah mi infinito apoyo, a mi familia en Honduras y a mis amigos que me han enseñado el
camino.
Toronto, 10 de diciembre.
4 comentarios:
Hey, suba ese ánimo que aquí todos hacemos el intento de no dejarnos abatir!!
Gracias Lucia. Realmente aprecio tus comentarios.
Gracias Lucia. Realmente aprecio tus comentarios.
En realidad te entiendo Allan, nuestra bella Honduras nos llena de nostalgia... La batalla entre amarla y odiarla es un dilema cada dia, el odiarla no por ella en si por lo que la falta de educación la esta convirtiendo, tenemos un pais maravilloso como pocos en el mundo, un paraíso, tenemos familias amorosas, madres abnegadas, amigos sin igual que se sienten como familia... ¿Quien no extraňaria eso? .... Es normal lo que sentís es parte de ser humano y de tener amor por tu patria .. Besos desde Honduras
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