lunes, 10 de diciembre de 2012

Una Semana Después



Después de la tormenta viene la calma, dicen por ahí y creo que así es.
En mi última columna peque de melancólico y me ate a los azares del negativismo.
Escribir sobre Honduras, es como poner vinagres en las heridas y calmar el ardor de las mismas tarda mucho tiempo.
Lo cierto es que ha pasado una semana desde que escribí la última columna y al parecer el frío de Toronto ha hecho que mi cabeza se enfríe, aunque por adentro de mis entrañas las emociones siguen circulando a grandes raudales.
Este último viaje como era de esperar trajo muchas reflexiones, quizás mas reflexiones de lo habitual, y me ha resultado muy difícil poner cada una de esas reflexiones en un orden aleatorio, para ir poco a poco encontrando respuestas.

Antes que nada quiero dar gracias a Shoshannah, esa compañera que me ha puesto la vida; es la roca que me da fortaleza y ese manto que seca mis lágrimas. Ella sufre quizás más que yo, cuando la melancolía y la tristeza invaden mis existencias. Especialmente cuando se esta lejos de la familia y de los amigos.

Después de dejar el aeropuerto Toncotin en Tegucigalpa todo cambió. Mientras observaba a través de la ventana del avión y a la lejanía el rosario de casas que componen Tegucigalpa, se formó un nudo en mi garganta; sabia muy bien que como siempre pasa cuando viajo a Honduras, que estaba dejando un pedazo de vida atrás.
 Fue justamente, en el instante en que el avión hizo un movimiento curvo y los cerros que rodean la ciudad se fueron alejando de mi retina, no pude más y empecé a llorar.
Shoshannah se percató de aquello y solidariamente empezó a llorar conmigo, y sin decir nada ambos nos despedimos del país que nos vio nacer.
Luego la aeronave alcanzó una gran altura, dejando en el olvido cualquier indicio geográfico y solamente tuve enfrente de mis ojos nubes aterciopeladas y esa sensación de flotar en el vacío.


Hicimos una larga escala en Atlanta y mi alegría había quedado atrás; con los rostros de mi gente, con los niños que juegan entre los infinitos basurales, con la mirada tierna de mi madre, con las risas de mis amigos, con el positivismo de algunos que todavía se aferran a creer que un cambio esta por venir y desde luego, con la infinita belleza de un país que todavía late y que se resiste a morir.

Aterrizamos en Toronto a las doce y diez de la mañana. El cansancio se unió a la desazón y a la tristeza, y ni hablar de los menos siete grados centígrados que nos recibieron al salir del aeropuerto.
Llegando a casa, todo me pareció tan diferente, tan nuevo y tan finamente diseñado.
 Estaba en el cuarto de baño preparándome para lavarme los dientes cuando sin esperarlo empecé a llorar. Me hundí en un profundo llanto, como llora un niño cuando ha perdido lo que mas quiere.

Entonces, empecé a sentir un sentimiento de culpa por tener lo que tengo, por vivir con las comodidades con las que vivo y me empecé a auto criticar el porqué de tantas cosas que me rodean o por qué yo tengo lo que tengo y otros no tienen absolutamente nada, pero, no todo se trataba acerca de cosas materiales, que a la larga no importan nada, sino que entraban en la lista preceptos demasiado abstractos, que serian imposibles de explicar.
En síntesis, fue un fin de semana largo, frío y duro. Ni mi corrida de los fines de semana me pudo tranquilizar y la serenidad que necesito para enfocarme en mis proyectos tardó en llegar. 

Es extraño, siempre he tenido la facilidad de adecuarme a nuevos lugares. Creo que es debido a que desde que tenia cuatro años he andado saltando de lugar en lugar, desde que nos movimos de Tela a Comayagua, luego a Tegucigalpa, después a Siguatepeque, sin pasar por alto las vacaciones que pasé trabajando con mi tío Juan en San Pedro y luego el regreso a Tegucigalpa, para terminar exiliándome en Siguatepeque a pedido propio y haciéndole caso a mi alma que en aquel entonces andaba en las penumbras.
Luego vino el salto internacional, Europa, España, las estaciones de tren, los aeropuertos de madrugada y el silencio de los pensiones de paso.
Después le llegó el momento a Canadá y ahora son los regresos a Honduras.
Me he sobre puestos a todos los cambios, algunos dirían que asombrosamente, incluso me he sabido adaptar al temible invierno canadiense, a otro idioma y a otras normas, pero, este último regreso a Honduras me ha dejado alicaído y con un montón de pensamientos dando vuelta en la cabeza.

El caso es que ahora se trata de dos y no de uno solo, Shoshannah es la que sufre estos arrebatos del humor y una vez más, tal y como suele suceder me ha hecho ver que me ama al aguantar mis polaridades y compartir mis tristezas.
Me pasé el fin de semana refunfuñando y pensando en todo lo que había tenido enfrente en mi viaje a casa; las caras de los sucios políticos, la miseria, el hambre y todas las cosas que me entristecen y que por completo me hicieron olvidarme de las cosas positivas, llevándome a encerrarme en un círculo oscuro.
Ha pasado más de una semana desde que regresé a Toronto y parece que ya estoy nuevamente en el engranaje, empezando el invierno y retomando proyectos que se estaban quedando atrás.

Otro año esta por terminar, cuando todavía tenemos la sensación que apenas acaba de empezar.
Si algo he aprendido en estos 32 años de existencia, es que la vida es una caja de pandora, llena de sorpresas, de momentos alegres y de amargos, de pruebas y vicisitudes.
Pero, al final siempre esta la luz al final del túnel y no queda mas remedio que reinventarse e intentar de nuevo.

Creo que no somos nada sin nuestros sueños, aunque muy a menudo tarden en aparecer y aunque a veces pensemos que nunca llegarán, pero hay que seguir creyendo en este dogma de vida; que todo llega a su tiempo.
La tristeza de la columna que escribí una semana atrás poco a poco esta quedando atrás y aunque el cielo este gris y el invierno halla borrado el verdor, todavía se vale soñar y de vez en vez poner una sonrisa en la cara y apreciar de que todo no esta perdido.


A todos los que leen este blog, a Shoshannah mi infinito apoyo, a mi familia en  Honduras y a mis amigos que me han enseñado el camino.

Toronto, 10 de diciembre.

4 comentarios:

lucia dijo...

Hey, suba ese ánimo que aquí todos hacemos el intento de no dejarnos abatir!!

Unknown dijo...

Gracias Lucia. Realmente aprecio tus comentarios.

Unknown dijo...

Gracias Lucia. Realmente aprecio tus comentarios.

Unknown dijo...

En realidad te entiendo Allan, nuestra bella Honduras nos llena de nostalgia... La batalla entre amarla y odiarla es un dilema cada dia, el odiarla no por ella en si por lo que la falta de educación la esta convirtiendo, tenemos un pais maravilloso como pocos en el mundo, un paraíso, tenemos familias amorosas, madres abnegadas, amigos sin igual que se sienten como familia... ¿Quien no extraňaria eso? .... Es normal lo que sentís es parte de ser humano y de tener amor por tu patria .. Besos desde Honduras