jueves, 17 de enero de 2013

Arriba la Bici




"Sin duda alguna cada vez más personas están usando la bicicleta en las grandes ciudades. Creo que al final, el mundo se está dando cuenta que tenemos que cambiar nuestros estilos de vida y ser más activos.

En Toronto, la cultura de la bicicleta ha crecido notablemente y a pesar del duro invierno, muchas personas usan las bicis para llegar a sus trabajos, dejando los coches aparcados en las casas.

En el verano varias calles de la ciudad están repletas de bicicletas, a pesar de este fenómeno el ayuntamiento de la ciudad está quitando algunos carriles de bicicletas, para expandir las carreteras.

 En Europa es otra historia; me recuerdo muy bien cuando visité  Ámsterdam y la sorpresa que me causó ver tantas personas en bicicleta, incluso hay semáforos en las calles para las bicis.

Desafortunadamente, en Toronto es otra historia al igual que otras ciudades norteamericanas, el coche es más que un medio de transporte, es parte de la cultura y símbolo de orgullo.

También está el elemento de que las grandes compañías que fabrican coches han vendido la imagen del poder y de la comodidad que estos representan,  dejando al transporte público relegado.

 Les conviene que las personas sigan comprando coches y lógicamente la gasolina se vuelve cada vez más esencial y los especuladores hacen su agosto con los precios.

Ni hablar de la salud, no se camina ni para llegar al café que está cruzando la calle y los casos de obesidad se han disparado de una manera dramática. Las ciudades norteamericanas han sido concebidas pensando en los coches y en la "comodidad". Se maneja a todos lados y para todo. Pero, he percibido que poco a poco la mentalidad está cambiando, especialmente en las grandes ciudades, donde lo cosmopolita se está anteponiendo a la tradición.

 Acá literalmente se nace manejando y se muere manejando, he conocido ancianos de noventa y pico años que manejan incluso el día en que mueren. Por la mañana salen en su coche y esa misma noche la muerte los sorprende descansando en la cama ¿Qué hubiese pasado si la muerte hubiese llegado en la carretera?

Las autoridades construyen más autopistas o expanden las ya existentes para hacer el tráfico más fluido, pero, nada está funcionando, cada vez el tráfico es más ensordecedor y las personas pasan más tiempo sentados en sus coches que siendo activos y se está pasando la factura; más enfermedades, trastornos mentales, estrés y menor calidad de vida.

 Los suburbios se han proliferado como hormigas en las afueras de la ciudad, cada vez se ofertan casas más grandes, que exigen mayor consumo de recursos y el uso del coche es esencial; es más, con las grandes distancias, con el valor elevado del transporte público y con la deficiencia del mismo, es imposible vivir sin un coche.

Las pequeñas tiendas locales han sido desplazadas por gigantescos almacenes donde los empleados son solamente una X más en la ecuación de producción.

La bicicleta proclama todo lo contrario, es lo ínfimo, la sencillez el minimalismo y la optimización de todo lo material que ya tenemos en nuestras vidas.

 Amo los ciclistas urbanos que se deslizan por las grandes ciudades en dos ruedas, entre taxis y coches, haciendo sonar sus timbres, mientras  los conductores que esperan impacientemente a que el tráfico avance, derrumbados por la impotencia de estar estancados en sus vehículos sin poder avanzar ni un metro, hacen gestos y maldicen a los mil vientos.

Tengo todavía en mi cabeza las imágenes de Ámsterdam, de esa ciudad que late y que vive a un ritmo acelerado, donde todo el mundo se mueve en bicicletas; hombres de negocios en sus trajes, madres que llevan a sus hijos a la escuela, ancianos, estudiantes, etc.

 En otras ciudades del mundo se ha implementado los servicios de bicicletas públicas, donde se monta en una estación determinada y luego se deja la bicicleta en otra estación, pagando una cantidad simbólica.

En Toronto, pagando un coche estándar al mes, más el seguro, mantenimiento, combustible y parqueo no cuesta menos de $800 al mes, $9,600 al año, sumado el estrés y la falta de actividad física. No hace falta ser un genio en matemáticas, para darse cuenta que la perdida es más que notable.

Espero que Toronto algún día se transforme en lo que es Ámsterdam, Copenhague o Berlín, o al menos que las personas entiendan que no cuesta nada salir a dar una vuelta en la cuadra y dejar el coche aparcado.

No estoy pidiendo ser un ciclista extremo, uno de esos que juega su vida cruzando coches y tranvías, solo pido que un domingo de verano se venza el tedio y la rutina del coche, que se suba a una bicicleta y verán que otro mundo es posible, un mundo más tranquilo y lento, pero, que al mismo tiempo se mueve, al ritmo que nosotros mismos deseamos".


Toronto, 17 de enero, 2013

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