Las armas del diablo están boca arriba en la cama vacía.
Las mascaras de la hipocrecia esconden a la mentira,
disfrazan la arrogante poesía que escribo con un beso tibio.
Ella declaró la guerra que yo empecé, en una noche de abril,
cuando por fin la vi vestida de añil.
Ahora nos matamos, nos amarramos las manos como queriendo jugar
a que somos dos extraños con sangre en los ojos.
No hay tregua ni paso atrás, se acabo el luctuoso e insípido
espanto de querer jugar a ser seres humanos.
Regresamos a nuestros vicios del pasado,
entre estas cuatro paredes heladas ahora nos besamos,
nos quitamos las ropas y sangramos juntos,
como en la primera vez; como cuando eramos hermanos.
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